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El hábito hace al monje
"El hábito hace al monje", aquí también es válida esta máxima. Y aunque no se le da tanta importancia a la moda, como por ejemplo en Francia, los alemanes se han sacudido la imagen de gente completamente ajena a la moda. A ello también han contribuido seguramente diseñadores como Jil Sander, Karl Lagerfeld y Joop.
La vestimenta adecuada depende del empleo que se tenga, o sea, el ramo dicta las diferencias. Los programadores de computadora o los publicistas intentan demostrar creatividad y espontaneidad llevando jeans y camisetas de colores. En cambio, entre los banqueros una corbata de dos colores resulta algo casi revolucionario.
A propósito, nadie anda con trajes típicos. Estos son más bien una especie de disfraz que se utiliza sobre todo en las veladas de música folclórica que tanto gustan a los alemanes maduros. Pero, por supuesto, también aquí hay diferencias regionales. El Primer Ministro del Estado federado de Baviera se pone de vez en cuando sus pantalones cortos de cuero, para demostrar su origen popular, y la estrella del norte, el ex Canciller federal Helmut Schmidt, casi nunca se quitaba su habitual gorra de capitán hamburgués.
Por lo demás, los académicos universitarios son bastante flexibles a la hora de vestirse: incluso los estudiantes de derecho cambiaron desde hace tiempo los portafolios y el cuello y la corbata por modernas mochilas y camisetas sencillas. Desde la época de los punks ya nadie se molesta porque otros lleven el cabello azul o verde. El maletín, como símbolo del estudiantado, fue sustituido por el teléfono móvil. Aunque la mayoría de los intelectuales siguen teniendo una reacción casi alérgica al uso del teléfono móvil en público.
De manera que nada es imposible. Y quien todavía se sienta inseguro puede consultar al “Knigge”, el manual de buenos modales. Allí dice, por ejemplo: “No llames la atención con ropa de estilo antiguo, pero tampoco de un estilo insensatamente moderno.”
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